A propósito del asesinato de una niña en nuevo Chimbote.
Abog. John Acurio Avendaño.
“Vivimos un tiempo particularmente curioso. Descubrimos con sorpresa que el progreso ha concluido un pacto con la barbarie”. Sigmund Freud.
Qué duda cabe que el más execrable de los crímenes que el hombre pueda cometer, es aquel que tiene como víctima a un menor de edad, un ser cuya santidad se encuentra revestida por la ausencia de maldad, por ello, cuando emiten los informes periodísticos dando cuenta del asesinato de una niña de 8 años de edad en Chimbote, se producen una serie de emociones, tales como rabia, pena, venganza, etc., seguramente a muchos hasta ahora se les hace incomprensible, como un joven de 18 años de edad y la pareja sentimental de éste de 20 años de edad, la hayan raptado, secuestrado y victimado, relatando su accionar delictual como si fuera algo normal, sin sentir culpa alguna, esto me trae al recuerdo las palabras del psiquiatra Dr. René Flores, ex director del Hospital de Salud Mental de Lima, quien interrogado sobre el accionar de los dos jóvenes, manifestaba categóricamente que actualmente existe la cultura del relativismo ético, es decir, que nada es verdad, que no existe una verdad absoluta, válida para todos los hombres. Así, se llega al extremo de concluir que nada puede calificarse como bueno o malo y, en consecuencia, cada quien puede hacer lo que le venga en gana.
En este punto, quiero centrar mi atención, en el ámbito del derecho y el filosófico, para tratar de entender que es el relativismo ético, y para comenzar, debo hacer hincapié que éste pensamiento, se encuentra cada vez más presente en nuestra sociedad, ya que, muchos expresan, consiente o inconscientemente, que no hay valores morales objetivos que nos ayuden a establecer lo que está bien y lo que está mal, por eso todo seria relativo, lo que evidentemente causa un alejamiento de la persona con respecto a las normas imperantes en un Estado de Derecho, y como quiera que el derecho reviste una dimensión moral que se reconoce a través del estudio de las reglas, los principios, las directrices y los precedentes, es importante que se aborde este tema.
Ricardo Henríquez La Roche, al hablar sobre relativismo apunta que la sociedad actual ha perdido la evidencia originaria de los fundamentos del ser humano y de su actuar ético, de modo que la moralidad se enfrenta con otras concepciones que constituyen su negación directa.
Argumento que es compartido por Sergio Cotta quien señala que la actitud pragmática, que ha sido la dominante durante este período, lejos de incrementar nuestro control sobre los acontecimientos, nos ha conducido, de hecho, hacia una situación que nadie deseaba; y el único resultado de nuestra falta de preocupación por los principios es, al parecer, que estamos gobernados por medio de una lógica de acontecimientos que vanamente intentamos ignorar.
La interrogante de ahora ya no es saber si necesitamos principios rectores, sino si existe todavía un conjunto de principios adecuados de aplicación general, que pudiese servirnos de guía cuando lo deseemos.
Toda persona normal tiene, o al menos debiera tener, una conciencia que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Que el bien es preferible aun cuando los instintos más bajos no dejen elegirlo y escoja el mal. Esto no es más que una manifestación de lo que llamamos ley natural, por la que discernimos lo bueno y lo malo. Esta ley es universal, la reconocen los griegos y los romanos, y también los hindúes y los musulmanes.
San Pablo se refiere a ella en la Epístola a los Romanos (2,4), los gentiles: manifiestan que lo que la ley exige está escrito en sus corazones. Los estoicos de Atenas de los siglos V y IV creían en ella expresada en la ley de la conciencia y del deber, el hombre bueno vive de acuerdo con la naturaleza, ley del universo personificada en la razón divina.
Sólo una sociedad democrática legitima y con exigencia de justicia está en condiciones de afirmar genuinamente el reconocimiento, amparo y defensa de unos valores, principios y normas y el derecho, con la legitimidad y la fuerza que le delega su carácter democrático, y con la razón de la fuerza que procede de la fuerza de la razón, puede y debe, reprimir las conductas y actitudes objetivas y subjetivamente intolerables e ilícitas.
Si pretendemos cambiar la cultura del relativismo ético, es claro que debemos exigir el cumplimiento de las normas, por muy simples que parezcan, porque de otra manera el hombre pretenderá imponer su interés egoísta, alejándose de reglas sociales que demarcan el interés general, de hecho pareciera que el hombre tiene como convicción actual que nadie ni nada, ni siquiera el sufrimiento, debe entorpecer su voluntad. Ante este espectáculo de tanta violencia, los expertos se formulan algunas interrogantes ¿es la violencia algo genético, que está de modo necesario en nuestra naturaleza, o más bien de algo aprendido, adquirido al hilo del proceso de socialización o de la interacción social?, ¿somos hoy más o menos violentos que en el pasado?, ¿se respetan la vida y la dignidad humanas hoy más que antes?, es difícil, responder a cabalidad todas éstas preguntas, pero sin duda, los grandes cambios tecnológicos jugaron un papel trascendental en la vida del hombre, haciendo más fácil y placentera nuestra existencia, a tal punto de creer que no tenemos trabas o limites para desarrollarnos libremente, pero, esta libertad es entendida ahora como emancipación, como ruptura con los más diversos tabúes. Es lícito, incluso deseable, probarlo todo, adentrarse por nuevos caminos a la búsqueda de experiencias distintas, como lo señala Alejandro Navas García, los valores del pasado dejan de merecer respeto. En general, todo lo tradicional se vuelve sospechoso, hay que innovar, ser original. El hombre ya no acepta tutelas de fuera, ya sea de la tradición, de la naturaleza o de la religión. Lo propio de este nuevo hombre, adulto y emancipado, es no aceptar más normas que las que él mismo se impone, su animadversión por la ley es palpable, el crecimiento de la criminalidad, la corrupción y el soborno como fenómenos normales, son algo prioritarios en la conciencia individual. El hombre secularizado moderno ha superado a Mr. Bumble, aquel personaje de Dickens, para quien la ley era “un burro”. Hoy en día, para muchos, anota Corman Burke, la ley merece peor calificación, no es un mero burro, una bestia de carga, es una bestia cargante, y hasta peligrosa. Se la ve como enemiga de la libertad e instrumento de opresión.
La autoridad, que se solía entender como la fuerza moral que acompañaba a la ley, tampoco alcanza mejor consideración. La mayor parte de las veces, la autoridad viene hoy considerada como poder político o, incluso, físico. Y como tal es temida. No se le tiene respecto ni admiración. Es odiada o, más frecuentemente, despreciada.
Se impone pues, el restablecimiento del principio de autoridad, que no sólo tiene que ver con los aspectos de coacción, de represión, sino, previo, de lo que los juristas llaman coercibilidad, es decir, la posibilidad de uso legitimo de la fuerza, necesitando de autoridades que demuestren virtudes, pues, no puede ejercer autoridad quien no merece respeto. No puede hablar de justicia quien roba, ni puede obligar a respetar la ley quien la transgrede.
miércoles, marzo 18, 2009
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