Hannah Arendt decía que la política es el lugar privilegiado de la mentira, en la medida en que ésta es considerada un instrumento necesario y legítimo, no sólo para el político sino también para el hombre de Estado.
Y es que desde nuestra perspectiva el político es un individuo cuyo ser esta gangrenado por el virus de la mentira y estigmatizado por su propia vanidad.
Pero, ¿como llegan a dominar nuestra vida?, ¿de que manera se apoderan de nuestra conciencia?, acaso, no somos nosotros los que elegimos a nuestros verdugos, en eso que los oportunistas llaman democracia.
¿Ya no estamos cansados de lo mismo?, o mejor aún habría que preguntarse en que momento el pueblo perdió su poder y se volvió sumiso e indolente ante su propia miseria.
Pero, no el poder de la violencia, sino el poder de pensamiento, de decisión y expresión.
Se trata, pues, de analizar críticamente si algo nos conviene o no, poner en la balanza de la razón si lo que nos ofrecen nos ha de beneficiar a largo o mediano plazo, pero, más que eso, si es que realmente se ha de cumplir con las promesas que presentan, ya que por desgracia éstas siempre se han de repetir en cada nueva campaña política.
O es que acaso la resignación paso a ser un mal congénito y cada vez se a de acrecentar con los nuevos nacimientos.
Para nadie es desconocido que el político vive del pueblo, se aprovecha de su ignorancia, para él, entre menos se sepa, mejor, su único afán es embaucar a la gente y una vez que consigue su propósito se sustrae de la dura realidad y se embelesa con las comodidades que le ofrece su nueva posición, dejando en el recuerdo cualquier perorata difundida a los cuatro vientos.
Y es que, las mismas palabras parecen haberse quedado incrustadas en nuestros cerebros, frases como: “tenemos que disminuir la pobreza”, “se tiene que nivelar los sueldos”, “necesitamos mejorar las condiciones de vida de la gente”, etc., etc., son repetidas una y otra y otra vez, por puro protagonismo.
Aunque parezca paradójico, a pesar que la gente se siente engañada, sabe y conoce del mundillo gángsteril en que se convirtió la política, nuevamente cae en lo mismo, al elegir por enésima vez a los sempiternos paranoicos, llamados políticos.
Sin duda alguna la dictadura tubo un trabajo muy prolijo en éste aspecto, en base a chantajes, amenazas y sobornos, menoscabo el ideal de la gente.
A su vez, nos mostró lo ruin de la política, haciendo de la mentira una forma de vida. Y es que así es el político, un depredador en potencia.
En este entender, la gente se interroga y se responde: “¿como son las casas de los políticos?. ¿en que distrito viven?. ¿cuantos carros tienen?. ¿cual es su primer apellido?, si estudiamos todas las contestaciones veríamos tanta injusticia que hay. Estos llamados políticos que buscan el bienestar de el pueblo, luego que ya han comprado casa nueva, carro nuevo, tienen cuentas en extranjero, entonces vienen y nos cuentan la misma mierda de siempre”.
A pesar de ello, caemos en lo mismo.
¿Porqué ocurre esto?, es que “el lenguaje político esta destinado a conseguir que la mentira sea una referencia de la verdad, que el asesino sea considerado respetable y que tenga apariencia de solidez lo que es puro viento y falsedad”. Efectivamente, es común escuchar la frase: “miente, miente que algo queda”, y es que la hipnosis es un arma que parece manejar muy bien el político, pero, a diferencia de los profesiones, como son psicólogos y psiquiatras, ellos tienen sus propios métodos, primero, incursionan por temporadas, en lo que posiblemente denominan “campañas de embrutecimiento”, en los lugares más pobres, y como segundo paso, se adueñan del inconsciente colectivo con una oratoria propia de los mejores fanfarrones de cantinas y como tercer paso, regalan como gran cosa, algunas baratijas para palear un día de angustia de los más necesitados.
Lo que parece no comprender el político, es que su actitud periclitada podría ocasionar un “fanatismo destructivo”, que ponga en riesgo, no solo su propio pellejo, que al fin y al cabo es lo menos importante, sino el Estado, entendido como la personificación metafórica del orden jurídico.
En fin, seguramente muchos ya no lleguemos al final de esta tragicomedia, pero entonces, recordemos lo que dijo Henry Miller: “Puede que estemos condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos al borde del cráter, una última danza agónica. ¡Pero una auténtica danza auténtica!”.
martes, octubre 07, 2008
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