Lo que sucede en nuestra sociedad nos hace meditar profundamente sobre el comportamiento del hombre, y es que, pareciera que el instinto brutal del hombre siempre permanece escondido, esperando el momento oportuno para mostrar, cuan cruel puede ser una persona que se deja llevar por su inconsciente.
Y la muestra mas tangible de ello, lo tenemos en casos como Ilave, Andahuaylas, en los asentamientos humanos de Lima, con eso que la gente llama “justicia popular”, etc.
Pero, ese actuar, que los lleva a cometer los delitos mas execrables, o en muy pocos casos los más admirables, siempre tienen un instigador, alguien que se identifica con la esperanza, sufrimiento y descontento de las masas, aunque, ello solo de manera precaria.
El problema de nuestra sociedad es que la conciencia colectiva domina al individuo, haciendo de éste, un ser inanimado, carente de pensamiento generosos y en expresión de Le Bon “la multitud no ha tenido nunca la sed de la verdad”.
He aquí un punto transcendental en la actitud del sujeto que se encuentra formando parte de una multitud, y es que, se ve desposeído de discernimiento, se vuelve autómata, olvidando cualquier temor, duda o escrúpulo.
Mientras que una persona aislada del influjo de la muchedumbre, se pondrá a meditar sobre los resultados que su actitud ocasione, la masa neutraliza cualquier rasgo conciente.
Esta alienación sempiterna en el alma de la muchedumbre hace vana cualquier explicación lógica para tranquilizarla y es que el gentío no comprende razones, cualquier indicio es verdad absoluta, “por el simple hecho de formar parte de una masa, el nivel intelectual de un individuo desciende inmediata y considerablemente”, haciendo prácticamente imposible cualquier dialogo.
No es mera casualidad que un sujeto anodino halle refugio en el seno del gentío, sus miedos y frustraciones se vuelven en armas muy peligrosas dentro de éste, cuyo contagio ocasiona enfervorizados secuaces que a su vez alientan el caos y la violencia, es decir, “dentro de las masas, las personas estúpidas, ignorantes y envidiosas resultan liberadas de su sensación de insignificancia e impotencia volviéndose poseídas, por el contrario, de una noción de poderío brutal, temporal pero inmenso”.
Pareciese que por ello, la multitud es muy manejable y dócil ante la perorata de cualquier caudillo, sin embargo, “el paladín de una idea, puede ser exitoso (desde una perspectiva histórica, o desde una que sea limitada), sólo si su punto de vista personal, su ideología o su programa son semejantes a la estructura promedio de una amplia categoría de individuos”, en esta perspectiva podría poner el caso del dirigente aymara Evo Morales, quien enarbola una supuesta reivindicación del movimiento indígena, a quienes utiliza con destreza al más puro estilo hitleriano o stalinista, creando caos y sembrando animadversión por determinadas etnias, a quienes acusa irracionalmente del letargo y subdesarrollo campesino.
No es nuestro afán, analizar el problema del indio, que como todo, siempre pasa por políticas de desarrollo, simplemente, hacemos hincapié en la conducta oportunista y autoritaria de alguien que piensa que la violencia es el mejor camino para producir cambios.
Solamente el temor a ser castigado podría controlar la iniquidad humana, pero, si la impunidad se convierte en ley incontrastable, la nuestra seguirá siendo una sociedad anómala donde todo lo malo es bueno y lo bueno malo.
Y para finalizar no hay más que recordar lo que Xavier Serrano Hortelano citando a Wilhelm Reich, dice: "EN EL FONDO EL HOMBRE ES UN ANIMAL. Los animales, a diferencia del hombre, no son mecánicos ni sádicos, y sus sociedades (dentro de la misma especie) son incomparablemente más pacíficas que las humanas. La pregunta básica es: ¿qué es lo que ha llevado al animal humano a degenerar y a adquirir características mecánicas? ". Somos trepadores, sádicos, violadores, destructivos, malos en definitiva.
martes, octubre 07, 2008
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